NOCHES BLANCAS

 

Para R.C. con cariño

 

Pilar

 

Al arrullo de la mañana...

 

Al arrullo de la mañana que, tras el horizonte, anunciándose está, una ola -venida de ignotos mares- acaricia trasnochadas playas. Brumas que envuelven apacibles despertares.

 

Levemente, con paso quedo, van apagándose las estrellas, una a una. Un viento de luz clara se abre camino, sin apenas esfuerzo, en el océano de sombras. Poco a poco, un tímido sol viste de cobre bruñido, senderos sin fin. Aurora de paz.

 

Allá, donde todavía noche y día se unen, un corazón late al unísono de la madrugada cambiante. Siluetas que se dibujan en la pared. Monólogo que toma nuevos rumbos. Si las sombras trajeron quietud y ensoñación, el amanecer ríos de esperanza y gratitud.

 

Largo bostezo de la ciudad adormilada. Calles que lentamente van llenándose de gente. Gente que camina, rumiando sueños, en todas direcciones. Rostros ásperos.

 

Despierta la vida al roce del sol. ¡Qué lejos queda la quietud de la noche! ¡Qué lejos... y sin embargo, tan próxima todavía! Pronto la orquesta desafinada de claxones y frenazos sustituirá a la de grillos. Alborada en la gran ciudad: locura desatada.

 

Pupilas cansadas, ajenas al estruendo exterior. Torbellino de emociones. Fuente que, inagotable, mana vivencias nuevas. Sentimientos armonizados.

 

Arrullo de la nueva mañana. Poesía sentida en las profundidades inexpugnables del alma. Canción de amor y libertad. Caminos amanecidos. Susurro inaudible. ¡Quién fuera águila...! Y ahora, duerme. Duerme sin temor ni sobresaltos. Tienes al Sol por guardián.

 

Madrid, 2 de octubre de 1987

 

 

 

 
     
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