
NOCHES CON IBEROAMÉRICA
Para mis amigos y amigas del, ya inexistente, "Rincón Guaraní", con todo mi cariño y reconocimiento.
Pilar
JACINTO
Apuraba un nuevo trago de su cubalibre, mientras -cargado de santa paciencia- simulaba escuchar a Lola. Ahora le estaba contando... Ni idea. Hacía rato que perdió el hilo de la conversación. Mejor dicho, del monólogo. Pues sólo hablaba ella, sin dejar tomar parte a su interlocutor. Tenía Jacinto la impresión de que Lola era de aquellas mujeres que, cuando se encuentran con un, casi, desconocido quieren romper el hielo de la única forma que saben: hablando, pero hablando ellas nada más. Y tampoco contando cosas medianamente interesantes o, por lo menos, entretenidas... sino con historias e historietas que, a decir verdad, aburrían al más pintado.
Lola aseguraba tener 25 años. Jacinto le calculaba, a su vez, unos 30. Se habían conocido dos días atrás. Era prima hermana de Mariano, su mejor amigo. Vino a Madrid, a pasar unos días. En Albacete, su tierra natal, había oído hablar de ese fenómeno que se dio en llamar "movida madrileña". Y como tenía familia en la Villa y Corte, había venido. Mariano, conocedor de los deseos de su prima, rogó a Jacinto que le sirviera de guía... Y allí habían ido a caer aquella noche.
La verdad que, de sus años de juventud, Jacinto conservaba su fama de galán con las mujeres y cicerone sin igual. Aunque para él la noche ya no tenía el encanto de antaño, tampoco había perdido todo su sabor. Ciertamente, Madrid poseía en sí ambientes para todos los gustos. Desde el más juvenil y desmadrado, hasta el más apacible y calmado. Del más frívolo y vacío de contenido, hasta el más cargado de inquietud intelectual y espiritual. En la actualidad, Jacinto disfrutaba más de los últimos. En los años de la juventud ya le había dado bastante marcha al cuerpo. Hoy quería que fuera más su alma quien disfrutara.
Pero el amor no aparecía en su vida. Un amor duradero. Sólo amores de ocasión. El que más había durado y dejado también una huella, fue el de Ángela... que de sosegado no tuvo nada. Fue un año de temporal continuo, salvo escasos momentos de paz, que sólo era para volver a la carga con renovadas energías. Eran temperamentos tan fuertes, tan sumamente distintos, que raro era el día que no había una discusión entre ellos. Con Ángela, Jacinto sufrió lo indecible... No obstante, alguna vez se sorprendió a sí mismo preguntándose qué habría sido de ella...
Jacinto dejó escapar un suspiro. Y dirigiendo su vista al escenario -milagrosamente, Lola se había callado- decidió prestar atención a lo que allí se hacía. En esos momentos, aquel hombre de inequívoco acento argentino, anunciaba su siguiente interpretación. Dijo que era una zambita argentina y contó algo que Jacinto no entendió. Sonaron los primeros acordes de guitarra.
Angélica,
cuando te nombro,
me viene a la memoria,
un valle, pálida luna
en la noche de abril,
de aquel pueblito de Córdoba
Jacinto no salía de su asombro. Indudablemente, había sido pura casualidad. Pero cualquiera diría que había leído su pensamiento.
Si un águila
fue tu cariño,
paloma mi pobre alma;
temblando, mi corazón
en tus garras sangró.
No olvidaré
cuando en tu Córdoba te vi
y tu clavel, bajo los árboles, robé;
mis brazos fueron tu nido,
tu pelo, la luz
de la luna entre los álamos.
¡Qué bonito fue cuando la conoció...! No fue en Córdoba, sino en Ávila. Tampoco fue un clavel lo que un día, como broma, le quitó, sino una cassette de los Rolling Stones. Y no fue bajo álamos cuando la amó por primera vez, sino a la sombra de un pino.
Tus párpados,
si por instante,
te vuelven los ojos mansos,
recuerdan
cuando en el cielo
de pronto se ve
que nace y muere un relámpago.
La sábana
que sobre el suelo
se tiende cuando la escarcha,
no es blanca
como la tímida flor de tu piel,
ni fría como tu lágrima.
"Ni fría como tu lágrima..." Fue ella quien dijo adiós. Jacinto recordaba aquella noche perfectamente. Era, como hoy, un sábado. Llevaban juntos desde la tarde. Y al filo de la medianoche, ella se levantó de la mesa. Cogió mechero y tabaco. Dejó doscientas pesetas. Y con una frialdad que le asustó, le dijo que se consumían los últimos segundos de su relación, que todo había acabado entre ellos y que no se molestara en llamar. A pesar de la aparente calma, una lágrima –que Jacinto juzgó traidora- asomó a las pupilas de ella. Ni un leve temblor en la voz de la mujer. Vio cómo ella, con paso firme y seguro, desaparecía tras la puerta. Jacinto no sintió deseos ni de llamarla y, menos aún, de salir corriendo tras ella.
Pero en fin, de aquello hacía ya varios años. De pronto, se dio cuenta de que había terminado el paquete de cigarrillos. Se levantó hacia la barra y pidió al camarero una cajetilla. Cuando regresaba, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Ángela estaba allí. Por unos instantes, Jacinto sintió el impulso de acercarse y saludarla. Sin embargo... Al fin, pasó por su lado, encaminando sus pasos directamente a la mesa que compartía con Lola.