NOCHES CON IBEROAMÉRICA

Para mis amigos y amigas del, ya inexistente, "Rincón Guaraní", con todo mi cariño y reconocimiento.

Pilar

"ALFA" Y "BETA"

 

 Serían más allá de las dos y media de la madrugada, cuando las puertas del local cedieron, con cierta violencia, ante el empujón propinado por aquel muchacho de gesto duro. Tras él y olvidando, adrede, todas las normas de educación tradicionales referente a la mujer, una joven que llevaba en la mirada un perenne desafío a quien osara mirarla a los ojos.

 "Alfa" -abreviatura de "alfalfa"- fue quien decidió buscar un rincón tranquilo donde acomodarse. "Beta" –abreviatura de "bética", por ser oriunda de Sevilla- lo siguió. Mientras llegaba el camarero –ocupado en esos momentos en atender a otros clientes- observaron, sin detenerse demasiado, el garito donde habían aterrizado. En el fondo, un escenario con tres sudacas, guitarra en mano, interpretando canciones del año de la tana. La edad media de los asistentes, a su parecer, muy alta: rondaban el medio siglo.

 Pese a todo, pidieron un par de cervezas. Tal vez, porque sabían que su presencia producía cierto desasosiego entre aquella colección de vejestorios.

 Como tampoco entre ellos tenían mucho que decirse, en un principio, sin querer y un poco por inercia, escucharon aquel trío. Dos voces muy bien conjuntadas arropaban a la voz solista, un tenor lírico. Boleros muy conocidos, con una alta dosis de romanticismo. Aunque ninguno quería reconocerlo, la verdad es que tanto "Alfa" como "Beta" eran unos románticos irredentos –al igual que la mayoría de sus amigos rockers, punkies...- y la música y letra de aquellas canciones, les tocaba la fibra sensible. Pero se había impuesto la moda de hacerse los duros, aun a costa de sí mismos.

 Comenzó el trío a cantar aquel famosísimo bolero "Si tú me dices ven". Y "Beta" no se atrevió a mirar a su compañero directamente. Temía que éste se burlara si veía en sus pupilas que la emoción le iba embargando. "Alfa", a su vez, sentía lo mismo que ella, pero, ah, él era duro como el pedernal. De cuando en cuando, forzaba una sonrisa, y sacudía la cabeza. En una de éstas, con un tono que, incluso a él, le sonó a falso, exclamó:

 -¡Valiente cursilada, tía...!

 Tras una salva de aplausos, un solo de guitarra llenó la sala de ecos. Cálidos sonidos que traían aires de allende el Atlántico. Música que, desprovista de todo virtuosismo, mostraba en toda su amplitud, el hondo y grandioso sentimiento de un pueblo. Aire fresco y limpio del altiplano boliviano. Altas cumbres blancas de los Andes, cerca del sol y las estrellas. Corazón indio que, en su esencia, traspasa las barreras del tiempo y transmite ondas ancestrales, remontándose a tiempos muy anteriores a 1492.

 Océanos de sensibilidad sacudían, con cierta dulzura no exenta de fuerza, las fibras de las almas de los allí presentes... a las cuales tampoco podían sustraerse "Alfa" y "Beta".

 Cuando concluyó el solo de guitarra, "Alfa" apuró su cerveza de un trago. La muchacha lo imitó. Fue ella quien dijo:

 -¿Sabes? Me he acordado de que un colega mío, tiene el último disco de Siniestro Total. Me ha dicho que es una pasada completa.

-¿Estará ese pavo levantado?

-Sí... Sus viejos se han abierto a Murcia y está el tronco a sus anchas... ¡Lo mismo hasta ha organizado un fiestorro y todo...! ¿Nos piramos a su kely?

-¡Vamos, colegui...! Me mola más que esto...

 Y tras pagar la cuenta, los dos jóvenes se fundieron en la madrugada.

 

 
     
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