NOCHES CON IBEROAMÉRICA

Para mis amigos y amigas del, ya inexistente, "Rincón Guaraní", con todo mi cariño y reconocimiento.

Pilar

 GRACIA

 

Con el rabillo del ojo, desde el escenario, hacía rato que Ismael venía observándola. Morena, de ojos grandes oscuros como la noche, labios distendidos en amplia sonrisa, sin perder nada de lo que ocurría allá arriba. Y en toda ella, un encanto maravillosamente arrebatador. Ismael llevaba cerca de media hora cantando. Y, mientras interpretaba, no podía sustraerse a su mirada.

 ¿Qué edad podría tener...? ¿23 años? ¿25 años? No muchos. Venía con un grupo de gente. Sin embargo, ella parecía ir por libre. No obstante, Ismael se daba perfecta cuenta que esas joyas suelen tener dueño. Estaba sentada en una mesa muy próxima al escenario. Tanto que, entre canción y canción, podía escuchar sus comentarios. Y si se trataba de una de esas melodías que estaban anegadas de sentimientos, se podía ver cómo se reflejaban en sus ojos las distintas emociones.

Ismael y sus compañeros, además del repertorio que, lógicamente, tenían preparado, también insistían en atender peticiones del público. Ismael, en su fuero interno, deseaba que aquella joven le pidiera alguna canción, para él podérsela cantar con toda su alma. Mas la joven no decía nada. Y a él le resultaba violento dirigirse a ella directamente.

De pronto, el artista observó que una de las amigas de la muchacha se sonreía maliciosamente. Y se aproximó diciéndole algo al oído. La muchacha se volvió y empezó a mirar al escenario y sonreir, ocultando una risa que se adivinaba quería escapar. Ismael -a sus cuarenta años- sintió ruborizarse.

 Quiso hacerse el desentendido. Miraba en lontananza, como saben mirar los artistas, que con la vista alcanzan a los presentes, pero no fijan su mirada en ninguna parte. A pesar de todo, sentía cómo unas pupilas femeninas, burlonas, se fijaban en él. Y fue la voz de una de ellas -no pudo saber quién era la dueña- la que exclamó:

 -¡Sorpréndenos con algo de Chabuca Granda...!

 Ismael vio su oportunidad. A micrófono cerrado, intercambió unas breves palabras con sus compañeros. Y al poco, un ritmo de valsecito peruano brotaba de una de las guitarras. Y con un acento cálido y dulce, Ismael empezó a cantar:

 

A través de lo que cuentan

te adivino,

como una niña bonita

de pie fino.

La figura menudita

y en el talle,

un despliegue de gracia

y de lisura...

 

 Ismael, con una amplia sonrisa en los labios, se quedó mirando fijamente a ambas jóvenes. Una de ellas se quedó boquiabierta. Y la otra, por toda reacción, tal vez empujada por la timidez, ocultaba su rostro con ambas manos. Ismael siguió, siempre dirigiéndose a ellas abiertamente:

 

Azafrán de Castilla

ajonjolí y romero santo,

ponías en tu pecho

alelí, rosa y encanto.

 

-y como si aspirara un aroma embriagador-

 

y al pasar te decían preguntando:

"¿Qué llevas en el pecho

que huele tanto?"

Rumor de quitasueños,

manantial brota en tu risa,

néctar de la azucena

capullilan tus colores,

y al entreabrir tu boca la sonrisa

despierta el bicolor de mis amores...

 

La joven, que tanto entusiasmara a Ismael, entre vergonzosa y divertida, ora miraba al artista, ora tornaba a esconderse. Y cuando Ismael remarcó los tres últimos versos, ella sintió morir.

 

Tan bonita y chiquitita,

tan sandunguera y graciosa,

limeña de tradiciones,

de cuentos y de leyendas.

aún me parece verte,

de cuando en cuando, en la calle

cuando el sol está de fiesta

y te ciñe por el talle...

 

Cuando al fin terminó el valsecito, y tras la ovación que el público dispensó al trío, Ismael oyó a la joven decir, con acento sincero:

 -¡Ha logrado sorprenderme...!

 

 
     
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