NOCHES CON IBEROAMÉRICA

Para mis amigos y amigas del, ya inexistente, "Rincón Guaraní", con todo mi cariño y reconocimiento.

Pilar

 

BERTA Y LORENZO

 

Hacía, aproximadamente, dos horas y media que Ismael, desde el escenario, viera entrar a Berta y Lorenzo, juntos al local. A medida que el tiempo pasaba, se podía percibir cómo una gran tirantez iba creciendo entre la pareja. Frases cortas, por parte de Lorenzo, no exentas de sarcasmo. Berta, en muchas ocasiones, ante la hiriente mordacidad de él, optaba por el silencio. Tal vez fuera prudencia...

Ismael les observaba sin decir nada. Cuando subió al escenario, por un momento, pensó que esa pareja le terminaría por fastidiar su trabajo. Sin embargo, pudo comprobar, por sí mismo, que la música amansa las fieras, pues mientras sus compañeros y él cantaban, ambos permanecían atentos... aunque, entre canción y canción, de cuando en cuando, volvían a discutir.

Serían las tres de la madrugada, cuando Lorenzo, con gesto airado, y tras contestar de forma muy dura a algo que Berta dijera, se levantó y con paso rápido y decidido, se encaminó hacia la puerta.

Por su lado, Berta permaneció impasible. Ni siquiera lo miró marcharse Sus ojos -tal vez en un esfuerzo sobrehumano- permanecieron fijos en el escenario. Y con el rostro, a pesar de todo, y por todo, demudado. Berta clavó sus pupilas en el infinito.

Ismael, que no había perdido detalle, se apiadó de la mujer, y cuando concluyeron la cueca que, en esos momentos interpretaban, su voz de tenor empezó a cantar:

 

De amor

en los hierros de tu reja,

de amor

yo escuché la triste queja.

De amor,

que sonó en mi corazón

diciéndome así

con su dulce canción...

 

Berta, que permanecía abstraída, atendió al artista. Algo le decía que aquello era por ella.

 

Amapola,

líndisima amapola,

será siempre mi alma

tuya sola.

Yo te quiero,

amada niña mía,

igual que ama la flor

la luz del día...

 

Si no fuera porque Berta, aun íntimamente, temiera pecar de falta de modestia, hubiera jurado que aquel sudamericano le dedicaba la celebérrima composición de Agustín Lara.

 

Amapola,

lindísima amapola,

no seas tan ingrata

y ámame...

Amapola, amapola,

¡cómo puedes tú

vivir tan sola...!

 

Desde luego, ante una actitud hiriente y agresiva, nunca faltará quien, en un momento dado, tenga una palabra de aliento. Una inyección de optimismo. Una mano amiga que se tiende, aunque se trate de un desconocido. Y el guiño, acompañado de una amplia sonrisa que Ismael dirigió a Berta, hablaba por sí solo.

 

 
     
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