| 36. PORQUE NADIE LE HICIERA DAÑO
Porque nadie le hiciera daño, porque nadie osara secar y matar su juventud sana, daría la vida entera.
Porque es tal el aprecio, que todo aquello que pudiera dolerle, en mí se clava como una daga.
Permitid que su corazón siga sintiendo la alegría de vivir.
Permitid que sus labios sigan entreabriéndose con una sonrisa.
Dejad que en su alma la primavera reine por sus
fueros. No olvidéis que es joven, no olvidéis que le aprecio.
Porque reina en mi vida y acaricia su mirada las heridas del alma.
Sentid que el sol ilumina con sus rayos la senda oscura cuando suena su voz.
No, no le hagáis sufrir; no, no le marquéis con vuestro terrible sello para toda su vida...
Tened piedad de un corazón que conoce el sufrimiento y siente un hondo alivio cuando sus ojos, sonrientes, le miran una vez más.
El daño que le queréis hacer, hacédmelo mejor a mí; al dolor estoy muy acostumbrada. Pero a él, dejadle tranquilo.
Por favor, no seáis crueles con este buen amigo mío y de todos.
Respetad su juventud, la salud de su alma, la salud de su noble corazón. |